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lunes, 2 de abril de 2012

La ética del viejo rugby


Hace no tantos años, en el rugby no estaba permitido realizar cambios. Se jugaba con 15 jugadores y eran esos 15 los que debían comenzar y terminar, a veces no todos, el partido. No había cambios tácticos, cambios por sangre, cambios por primera línea ni cambios por lesión, algo que hoy consideramos mínimo, normal y civilizado para nuestro juego.
Aunque nos suena un poco salvaje eso de entrar con 15 y terminar o no con los mismos 15 (si se lesionaban dos jugadores del mismo equipo este jugaría con 13, sin reemplazos ni nada), sospecho que aquel rugby precisamente por esto, por la presión que imponían estas condiciones, por la adversidad, era más noble, más humano. Y no menos competitivo que el actual. El ansia de ganar, de imponerse al otro es parte intransferible, de la condición humana.
Algo también interesante de aquellos tiempos es que el respeto y la caballerosidad no estaban ajenos como lo están hoy. Ganar no era todo. Ganar en desigualdad de condiciones era aún menos importante. O incluso una aberración.
Hace algunos días, un amigo me comentó que en un partido de campeonato de divisiones inferiores un entrenador decidió salir con 12 jugadores a la cancha porque el equipo adversario estaba en esa condición. Lo que ocurrió en el partido resulta anecdótico. Lo que no es anecdótico, me decía alguno de los presentes, fue el sentir un bombazo de aire fresco entre tanta competitividad insana, vana e inútil. La ética del viejo rugby se hizo presente. Para algunos fue revivir por un instante otros tiempo, tiempos de gloria, de la buena, de la real.

jueves, 20 de octubre de 2011

Psicoanálisis de una nueva pasión argentina.

La siguiente nota salío publicada el 20 de octubre de 2011 en el diario "Página 12" de Argentina.


Nosotros, ¡Rugbiers!

La reciente participación del seleccionado argentino de rugby en el campeonato mundial que finaliza este fin de semana en Nueva Zelanda atrajo la atención de miles de aficionados; lo llamativo es la simpatía y el entusiasmo suscitado en el público neófito o poco familiarizado con este rudo deporte. Hoy por hoy, es probable que la reciente inclusión de Los Pumas en el exigente torneo de las Cuatro Naciones traduzca el actual entusiasmo en un franco apoyo a la práctica del rugby en toda la escala social, habida cuenta de que para sostener un rendimiento parejo con los neocelandeses, sudafricanos y australianos se hará necesario ampliar la base social que abastece a nuestro seleccionado, tal como, por otra parte, ocurre en otros países donde el rugby no sufrió el estigma de clase que en la Argentina, donde la práctica del rugby había estado reservada a las capas acomodadas y sólo desde 1965 se extendió a parte de las clases medias. Ahora bien, desde el punto de vista psicoanalítico ¿qué factores explican el fervor que despierta el rugby y esta paulatina pero firme apertura? Aquí algunas conjeturas.

Por empezar, es para destacar que la idiosincrasia del juego se opone de manera frontal a cualquier rasgo discriminatorio o signado por la segregación. En el rugby, la importancia del esfuerzo común está en primer plano, cosa que no siempre sucede en otros deportes de conjunto como el hockey, el fútbol o el voley. En efecto, un rasgo icónico de este juego es el empuje coordinado del scrum, una de las dos formaciones fijas dispuestas para disputar la posesión de la pelota. Lo extraordinario es que los jugadores argentinos –para desmentir los mitos acerca del individualismo criollo– se distinguen por su eficacia en este esfuerzo por empujar juntos. Y es un estupendo ejemplo de la sublimación, presente en esa fuerza erótica que, tal como afirma Freud en El Malestar en la cultura, cohesiona al conjunto social.

El contacto corporal, la solidaridad, el espíritu de grupo, la competencia o la lisa y llana convocatoria al combate –ilustrado de manera paradigmática por el haka de los All Blacks– dan cuentas del eminente valor fálico que conlleva la práctica de este juego/guerra.

Pero lo que distingue a la función del falo en el ser hablante es señalar el lugar de la diferencia, allí donde la inconsistencia del lenguaje quiebra toda pretensión de uniformidad o masificación. Desde este punto de vista, el rugby cuenta con una condición única que lo distingue de cualquier otro deporte individual o de conjunto: es un juego que admite biotipos muy diferentes entre los integrantes del equipo. Es que los puestos y funciones que conforman su dinámica son tan disímiles que hacen necesaria la participación de pesados, livianos, altos y bajos. Hasta aquí, bien podríamos decir que la naturaleza del juego le ganó a la violencia elitista a la que algunos habían pretendido confinarlo.

Razón que, entre otras, explica por qué el rugby cumple una función tan especial entre la población adolescente, siempre empeñada, por una cuestión estructural, en conformar su semblante a partir de la imagen corporal. Lacan, en el único texto que dedicó a la temática de púberes y adolescentes (“El despertar de la primavera”, en Intervenciones y textos 2, Buenos Aires, Manantial, 1998), formula que el hombre se hace El Hombre al incluirse en el Unoentreotros. Desde este punto de vista, el rugby compone un marco propicio y hospitalario porque alberga, en una misma escena común, la singularidad que cada sujeto porta en su cuerpo.

Además, el rugby es un juego, y todo juego compone un campo privilegiado para el despliegue metafórico: representa, merced al velo que habilita el recurso simbólico, las pulsiones más arcaicas y agresivas que agitan al ser hablante. Así, la violencia que suele manifestarse al compás de los avatares que afectan a nuestros jóvenes encuentra una vía de sublimación.

Porque, si bien el juego del rugby despliega una gran violencia corporal, durante el partido prima un respeto casi sagrado por las decisiones del juez. Quizás una manera de brindar a nuestra gente joven la oportunidad de percibir que la ley, lejos de limitarse a su carácter privador, puede también ser un instrumento al servicio de la diversión y el encuentro con el Otro.

* Licenciado en psicología. Profesor nacional de educación física. Ex coordinador del taller de movimiento en el dispositivo de hospital de día del hospital Alvarez. Ex jugador de la primera división de rugby del club San Cirano.

domingo, 16 de octubre de 2011

El árbitro siempre tiene razón.


El rugby, como deporte, tiene características que lo diferencian con los otros deportes. No me refiero a las características reglamentarias o técnicas como pasar la pelota para atrás o la ley del off-side o las formas lícitas de contacto que ampara sino a todo lo demás, todo lo que pasa por fuera y alrededor de la cancha. Es muy bien conocido por todos aquel viejo adagio que dice que el rugby es "una forma de vida". Dicho de otro modo, el rugby tiene su propia moral, su modo de comprender la vida, vida que comprendida desde la experiencia de ser jugador de rugby, en actividad o no, está permanentemente influida por esa moral, ese conjunto de normas y valores. Esto es una realidad tan clara que los rugbiers estamos plenamente convencidos de ella, comprometidos con ella en todos los minutos de nuestras vidas. Dudo que exista otro deporte que comparta estas características, donde lo más importante no termina siendo el juego en sí mismo sino la experiencia vital de estar íntimamente relacionado a él, de vivir bajo sus normas, jugando o no jugando, en actividad o no. Este caracter hace que en el diccionario del rugby no exista la palabra "exjugador", no hay exjugadores; hay jugadores en actividad y jugadores no activos, nada más.
Una de las diferencias más notables que presenta el rugby es el respeto por la autoridad, representada por los árbitros. En el rugby, el árbitro es comprendido como una persona que también juega, como un jugador más, no como un enemigo, en el mejor de los casos, o como la simple síntesis de un reglamento que está corporizado y con un silbato en la mano, rigiendo con estricta rectitud el devenir del juego, en el peor de los casos. Al igual que no se le habla al adversario, tampoco se habla con el árbitro porque es totalmente fútil e innecesario. Se entiende que hace su mejor esfuerzo por llevar adelante de un modo ecuánime el desarrollo de un partido. Todo esto, en el rugby, es así... o era.
En los últimos años este respeto por la figura del árbitro se ha venido desgastando, haciendo que en algunas tristes oportunidades nuestro juego se parezca más a otros menos caballerescos de balón esférico y camisetas brillantes. Algunos piensan que esto es debido a la crisis de valores que se vive en la actualidad (no entiendo bien qué significa esto) o simplemente a que los maleducados abundan y suelen aparecer por todas partes. Personalmente, creo que la causa de esto es más bien simple: si no sabemos transmitir los valores de este juego, con el correr del tiempo no habrá valores. Y lo que estamos viendo es la evolución natural de la "destradicionalización" del rugby, que nada tiene que ver con cuestiones de "conservadores" y "progresistas" que abundan en la política sino con la falta de compromiso de entrenadores y líderes de los clubes por comportarse decentemente y exigirle a sus jugadores que hagan lo mismo.
Hace un par de semanas presencié un partido de cadetes (M-18). A los 3' del primer tiempo y con el partido 0-0, el entrenador de uno de los equipos, de aproximadamente 35-40 años de edad, comenzó a gritarle al árbitro frases como "¿qué pitas (cobras)?" o a hacer comentarios del tipo de "pero a este de dónde lo sacaron...", naturalmente a los gritos. Es digno de mencionar que las observaciones que le hacía a sus jugadores eran del mismo nivel, en las que abundaban las palabras "cojones", "culo", "subnormal" y demás lindezas literarias. El espectáculo no terminaba ahí. Otro entrenador o padre de un jugador que andaba por ahí ante un fallo que le pareció injusto se despachó con una retaila de insultos y el inevitable "¿qué pitas? La diferencia fue que en esa oportunidad, el entrenador del otro equipo le explicó lo que había pasado y lo que decía el reglamento. Por supuesto que el personajón insultador quiso sostener su error con fundamentaciones varias. El partido terminó con una diferencia de 40 puntos en contra de los insultadores. Seguramente, volvieron a su casa diciendo que habían perdido por el árbitro.
Esta anécdota es una más de miles que vemos cada fin de semana en los campos a todo nivel y en todas las edades y que creo que representa cierto nivel de decadencia del rugby. No es posible hacer un juego leal, disciplinado, de calidad (porque una cosa sí implica la otra) si no aprendemos a respetar a propios y a ajenos, incluyendo en este grupo a los árbitros. Lo voy a poner más claro: si queremos jugadores de calidad, necesitamos primero formar personas de calidad. El rugby comienza con "R" de "Respeto". No creo que sea casual.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Los Apóstoles de la Dignidad

Esto publicó Fermín de la Calle en su blog de As:


"Un tipo orondo y con un corbata me dijo una vez en un despacho: “La dignidad está sobrevalorada. Es poco pragmática y no da de comer”. Perdí de vista a aquel tipo, pero calculo que andará arrumbado en algún despacho sin decisión ni mando. Yo, que nunca fui demasiado práctico, no le hice mucho caso, pues en casa la dignidad siempre cotizó bien para mis padres. Recordé ayer aquello viendo a los Pumas ante Nueva Zelanda. Creo que nunca he visto perder a los Pumas. Lo digo en serio. Este verano he pasado 45 días viajando por un país tan maravilloso y contradictorio como Argentina. Muchos en una ciudad tan arrebatadora e inhóspita como Buenos Aires, donde el porteño siempre te busca la vuelta. Y los menos en provincias de gentes hospitalarias. 45 días de fútbol en los que fui testigo de una tragedia nacional como el descender de River en Monumental y en los que he visto como la albiceleste era empujada al abismo por los egos de jugadores, periodistas, técnicos, dirigentes….

Ayer, viendo a los Pumas morir de pie, recordaba esa bipolaridad tan Argentina, lo que convierte en hazaña lo de su selección de rugby. 25 hombres que son uno solo. 25 hombres que se entregan hasta la extenuación con el único premio de saber que han dejado en el campo hasta la última gota de sudor, que no han escatimado ni un gramo de energía por su compañero. Generaciones de jugadores que miran al balón y no al tanteador. Y siempre sin excusas. Ni los amigos que se fueron como Nani o Ficha ni los que no pudieron venir como Juani ni los que se fueron antes como Corcho. Un ejército de privilegiados que cuando se ponen la camiseta puma placan en nombre de sus hijos, percuten en el de sus padres y ensayan en el de toda esa gente con la que conviven día tras día en ese país excesivo y al tiempo maravilloso. Los Pumas son una suerte de apóstoles de la dignidad, virtud que tiene más que ver con la autoestima, el honor y la ética que con los focos de televisión, la ropa de marca y las galaxias estelares. Uno piensa que si el mundo tomase ejemplo de ellos todo sería mejor. Corren tiempos difíciles para un rugby que coquetea con ese exhibicionismo futbolero que lleva a Ashton a zambullirse para posar ensayos o una marca de ropa deportiva a teñir a la blanca y victoriana Inglaterra de negro. Por eso ese rugby tan sentimental que les fluye de la entrepierna y el corazón, ese rugby que glorifica el carácter amateur debe ser el estandarte al que aferrarnos para salvar el viejo rugby que muchos amamos y admiramos.

Por todo eso siempre invito a los amigos a ver a los Pumas con el mismo argumento: “Son el mejor EQUIPO del mundo. El único que nunca sale derrotado del campo”. Ellos siempre me responden igual: “¿Pero cuántos Mundiales han ganado?”. Y entonces les imagino con 50 años orondos en un despacho diciendo: “La dignidad está sobrevalorada. Es poco pragmática y no da de comer”. Aguanten Pumas".


No tengo nada que agregar...

lunes, 26 de septiembre de 2011

Iñaki Gabilondo y el rugby (de "El País", 26-9-2011)

El País del día de hoy nos ha dejado una linda sorpresa. Sin entretenerlos más, la compartimos con ustedes:

"Iñaki Gabilondo es una caja de sorpresas. Vas a verlo pensando que te va a expresar su satisfacción porque el equipo de fútbol de su infancia y de su pueblo, la Real Sociedad, puso rodilla en tierra al Barcelona y te lo encuentras disfrutando aún del espectáculo de rugby que vio el último domingo, a media mañana, en un pub irlandés de la calle de Alcalá, en Madrid.

Pero no solo eso. El periodista, que esta semana última recibió de manos del Príncipe, en el Senado, el premio Luis Carandell por su larga carrera en la radio y la comunicación, se había levantado de madrugada para ver en su casa otro partido de rugby.

¿Qué tiene el rugby para Iñaki Gabilondo? Ah, creo que solo de la radio y de su oficio, y de los valores que defiende, habla con más entusiasmo que el que pregona ponderando las virtudes del rugby. Dice, por ejemplo, que es "el deporte más bonito, más noble, más limpio, más caballeroso y más estupendo que existe". Y uno que creía que era un juego en el que tipos potentes agarran a otros hasta que los reducen: "Esa idea es una tontería. El rugby no es un deporte de bárbaros. Es el deporte más caballeroso. La gente del rugby responde a las faltas de deportividad con esta imprecación: ¡Pareces un futbolista!".

Cogió la afición en Francia. Y cada vez que puede lo ve. Y ve el ciclismo. Él dice que en este último deporte no es tan experto como Joan Manuel Serrat: "Pero le resisto una conversación". Cuando era pequeño, Gabilondo iba a ver la Vuelta a Francia cuando los ciclistas pasaban por el Tourmalet...

Y es que los guipuzcoanos son muy aficionados a todos los deportes: el ciclismo, la pelota, el remo, el baloncesto, el balonmano, el fútbol, claro... "No tienes más que ver el suplemento deportivo de El Diario Vasco de los lunes. Es más grande que el periódico", advierte.

Le reiteré que siempre pensé que el rugby era un deporte de gente muy fuerte que se pegaba: "Eso solo demuestra que no conoces el rugby porque, con mucho, es el juego más deportivo que hay. En el rugby existe lo que se llama el tercer tiempo. Cuando acaba un partido, lo mismo da que sea de juveniles que de la Copa del Mundo, los rivales se reúnen. La deportividad es la regla de oro. Al árbitro no se le discute en la vida. Precisamente porque es tan fuerte, la falta de juego limpio o la mala intención están descartadas".

Además, con esa potencia, el daño físico que podrían causarse esos deportistas sería enorme. ¿Y también son tan deportivos en la grada? "No te lo puedes imaginar. Lola [Carretero, periodista, su esposa] no puede ir a un campo de fútbol porque el comportamiento en la grada es verdaderamente brutal y salvaje. Siempre se están insultando los espectadores. En el rugby eso jamás ocurre ni ocurrirá. Están juntos los unos y los otros y no se discute", resalta.

"Lo que pasa", me dice, "es que el rugby produce esa sensación de dureza, de enfrentamiento, la primera vez que lo ves y en los primeros minutos, pero es, y tiene a gala serlo, un deporte de una extraordinaria caballerosidad y una enorme deportividad". De modo que en él, en el rugby, no se producirán las tanganas que tanto se ven, por ejemplo, en los campos de fútbol. "Jamás. En el rugby no se dan las tanganas tan frecuentes en el fútbol. Es imposible. Ese tipo de tonterías de 'me has pegado' o 'mire, árbitro, lo que me ha hecho este'... Todo eso es inimaginable en el rugby. Si eso ocurriera, la gente se miraría atónita y exclamaría: '¿Qué pasa? ¡Si parecen futbolistas!".

No, no ha practicado el rugby, pero, cómo no, sí ha sido futbolista. El 10, en juveniles, en Donosti. "Llegamos a ser subcampeones de Gipuzkoa y yo jugaba bastante bien".

Como Messi. No, Messi es de otro tipo, dice Gabilondo: "Mi ídolo era Luisito Suárez. Me gustaban, me gustan, el Barcelona y el Real Madrid, aunque en San Sebastián nos criamos en la cultura del antimadridismo. No le teníamos ninguna simpatía al Real Madrid y, por tanto, había mucha simpatía por el Barcelona y por el Atlético".

Aquella antipatía tenía un antídoto, Alfredo di Stéfano. Se llenaba Anoeta para verlo: "Teníamos por él una admiración que nunca habíamos sentido por nadie. Hasta el actual Barça, no he tenido nunca una admiración tan grande como la que sentí por Di Stéfano. Con mucho, es el mejor futbolista que he visto, y que veré, en un campo de fútbol".

Aquel Madrid era el equipo al que Iñaki y sus compañeros de grada querían ganar: "Les insultábamos, les decíamos de todo, les llenábamos el campo de barro para que les costara ganarnos..., pero les teníamos una gran admiración". "Es curioso", recuerda acercándose a la noche de los tiempos, "quizá Di Stéfano fue el jugador más odiado, y más admirado, en San Sebastián. Había incluso un periódico que solo lo nombraba como el 9 del Real Madrid porque una vez, en medio de un incidente, le había pegado a alguien con una toalla. Y, sin embargo, ahora tiene el Tambor de Oro de Donosti". Un futbolista de oro, claro, que sigue en la retina de este degustador del rugby."

Creemos que una parte importante de la difusión del rugby pasa por encontrar opiniones de los más diversos orígenes (jugadores, exjugadores, periodistas, artistas, etc.) para darle más fuerza a nuestro juego frente a la opinión pública.